La única red social de la que formo parte es una red profesional donde me he fabricado un perfil espléndido. Lo que Sabina hace con la imaginación, yo lo hago con el ordenador. Donde él se veía como un pirata cojo con pata de palo, yo me veo como un talentoso corredor de bolsa, abogado y fisioterapeuta que ha pagado (y cursado) varios másters en administracion (exitosa) de negocios. Ofrezco en mi perfil cuarenta y tres referencias de otros tantos empleadores falsos que aseguran que el día que decidi cambiar de empresa lloraron a moco tendido junto a las decenas de empleados a los que les había arreglado con las manos las contracturas del cuello a la vez que, dando órdenes verbales, mis ayudantes ganaban para la firma cantidades inmorales de euros. Ayer decidí convertirme en el director de recursos humanos de una multinacional tan importante que nadie conoce y en las primeras tres horas recibí doscientas cuatro demandas de trabajo. Un director de teatro se ofrecía como limpiabotas. Un virtuoso del violín, como tamborilero. Una economista que casi rivalizaba en títulos conmigo, como planchadora. Un gerente experto, como becario... Pensé que toda esa gente se parecía un poco a mí porque compartíamos la ilusión por cambiar de vida, y me pareció tremendamente sugestivo que ninguno tuviera grandes aspiraciones económicas. Vamos, ninguna aspiración económica. Todos estaban dispuestos a trabajar gratis en sus nuevas vidas, por lo menos los primeros meses, hasta que la empresa encontrara otro que lo hiciera mejor y quisiera trabajar por el mismo sueldo. «Somos un país en reconversión», se apresuró a interpretar mi socio ficticio en mi empresa inexistente. Pero yo, que soy mucho más lírico, le corregí y le dije que lo cierto es que no hay nada como una buena crisis para descubrir nuestras pasiones ocultas.
jueves, 23 de febrero de 2012
jueves, 16 de febrero de 2012
La risa de la hiena
Publicada el 10 de febrero de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Hace un par de días, la cúpula de la patronal se presentó ante los medios de comunicación con la risa apretada de quien acaba de ver una película de los hermanos Marx o bien de quien acaba de ponerse redondo a base de jamón de bellota y vino caro. Tan impúdica le pareció al presidente tanta chanza que, aunque poco convencido, aconsejó a sus huestes que se pusieran serios cuando empezaban a tomarles fotografías. Y es que dado que su presencia en aquel escenario era institucional, habría de interpretarse que su felicidad era también institucional: es decir, público y lectores íbamos a pensar que no se reían por el cosquilleo del Vega-Sicilia sino por la satisfacción espiritual de tener un gobierno a sus órdenes. Luego, a lo largo de su discurso, y para no desmentir esa impresión, este tipo coincidió con Montoro y Rajoy en calificar como preventiva a la reforma laboral que nos ocupa; es decir, de momento no sirve para nada (o más bien para lo contrario de lo que se anuncia) y será útil cuando la economía mejore, igual de útil que hubiera sido haber hecho cualquier otra cosa o incluso no haber hecho nada en absoluto. Contrasta la expresión de felicidad de los grandes empresarios con la cara de funeral que tienen los jefes de los sindicatos, bien porque la reforma los deja prácticamente sin trabajo, bien porque pensar en sus representados les pone cara de vinagre. El otro día una amiga se preguntaba retóricamente quién está ganando con esta situación que vivimos. Lo mismo que, ayer por la mañana, un periodista le preguntaba a una profesora de Economía Aplicada. En la carcajada de hiena de Rosell debe de estar al menos una parte de la respuesta.
jueves, 9 de febrero de 2012
Crónicas
Publicada el 10 de febrero de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
"Protagonista indiscutible en el mejor relato del fútbol español, los tiempos de mercaderes le habían dado una coartada para asumir de forma complaciente un papel secundario.» Menos mal que está en el medio la palabra «fútbol» porque de lo contrario no sabríamos de qué cosa está hablando. Claro, que, estando en el medio la palabra «fútbol» seguimos sin saber ninguna otra cosa más. Seleccioné esta frase hace algunas semanas para disertar sobre el lenguaje exquisito de algunos comentaristas deportivos y, llegado el momento, me encuentro con que no sé sobre quién escribía el escritor. No sé si quejarme o sentirme satisfecho. Sabido es que la sección de Economía está llena de trampas para alejar a los advenedizos y que en Política se lanzan mensajes subliminales que solamente entienden los del oficio. Hasta hace poco, los periodistas deportivos se conformaban con hablar de esféricos y borceguíes y, después, se hicieron los finos sustituyendo el remate por la definición y quitando todos los artículos no sé con qué motivo, considerando que en la radio ya no hay prisa para seguir la jugada porque siempre se da por supuesto que el oyente está viendo el partido por arte de magia. Puesto que parece ser patrimonio de la sección de Deportes de cierta prensa generalista, supongo que el uso de un lenguaje tan empingorotado como el que he usado de ejemplo pretende hacerme sentir bien sustituyéndome la sensación de estar perdiendo el tiempo leyendo si fue penalty o no por la de estar atacando una auténtica pieza literaria. Pero otras veces pienso que hay un túnel en el periódico por el que Deportes y Economía se ponen de acuerdo y con cada gol me cuelan de matute un puñado de déficit al diez por ciento de tae.
jueves, 2 de febrero de 2012
Los caraduras
Publicada el 3 de febrero de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Las Cortes de Aquí están a punto de aprobar una Ley del Merme, que podría decir José Mota, que hará que la administración gaste menos dinero en sus empleados. La primera medida es que todos los funcionarios trabajen media hora más cada día. Se conseguirá así que la hora trabajada salga más barata y aumente en ellos la sensación de estar siendo tratados como si todos fueran Barreda: no se ve qué otro ahorro puede suponer. De hecho, dice un amigo médico que en su caso la medida tendrá el efecto contrario al que se persigue porque en esas dos horas y media a la semana podrá prescribir el quirófano a más pacientes de los que podrán atender los cirujanos en su cuota de trabajo extra, así que aumentará la lista de espera. Otra medida consiste en no pagar a los funcionarios las horas que dediquen a formarse para hacer mejor su trabajo. Los expertos estiman que el ahorro puede cuantificarse en una miserable miseria pero la medida sirve para incidir en el vapuleo al funcionario y para un deterioro no ya de lo público sino del público: ¿cómo sabrá mi médico de los últimos avances para curar mis crisis de pánico? Más importante es la merma que producirá la gripe en la nómina de los funcionarios, ya que el absentismo por enfermedad tendrá el mismo tratamiento que el absentismo por negligencia: o sea, reducción de salario. No he leído más párrafos de esta ley por si la indignación me producía un ataque que me costara mucho dinero pero sí he leído una adicional que dice que este esquilado de derechos no afecta a los caraduras de los diputados, que aunque cobran de las mismas arcas que los demás, se señalan a sí mismos como privilegiados, al modo de la nobleza del absolutismo del XVIII, y quedan expresamente fuera de esta barrabasada. Se les debería caer la cara de vergüenza, si la tuvieran.
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