El casi carril bici que lleva de la nada a ninguna parte (o de centro comercial a centro comercial, que puede ser prácticamente lo mismo) y la semipeatonalizada semicarretería coinciden en una cosa: en las cuentas que no dejan de hacerse sobre el número de aparcamientos que quitan. Es como si alguien fuese a pescar y no dejase de pensar en los peces que sustrae al río. Hay que elegir entre pescar y conservar las truchas en el agua. La ciudad tiene que escoger entre coches o peatones. Entre liberar monóxido de carbono como si fuese una gran urbe o como si fuese una ciudad manejera. Un estudio hecho por estudiantes (carece del rigor de los científicos pero no es del todo despreciable) dice que en Cuenca el desplazamiento medio en coche es de poco más de dos kilómetros y que tarda en hacerse algo más de siete minutos (http://estudiantes.elpais.com/EPE2011/Periodico/VisitaPeriodicosLocal/periodicoscompletos/ y luego busque el Pedro Mercedes, en Cuenca). Un ahorro de tiempo ridículo que le cuesta al medio ambiente diez toneladas de CO2 al día y al conductor no menos de dos euros (por ejemplo www.motor.terra.es). Los dirigentes tienen que tomar las decisiones que les pide la mayoría de los ciudadanos (por eso los representan) pero también les es exigible una porción de valentía, el liderazgo suficiente para tomar decisiones que transformen las ciudades. Nuestros alcaldes, que son gente muy viajada, seguro que han visto por ahí afuera que las ciudades donde mejor se vive son aquellas que pertenecen cada vez más a las personas y menos a los coches. A diferencia de la nuestra.
jueves, 29 de diciembre de 2011
viernes, 23 de diciembre de 2011
Saber
Publicada el 23 de diciembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Hay gente que lo mismo vale para hundir un banco que para salvar un país. Creíamos que eso era patrimonio de Grecia y de Italia, pero ya estamos las tres penínsulas mediterráneas unidas por el clima, el paisaje, los cultivos y los ministros banqueros, de los que se espera lo que he dicho y no lo contrario: que para salvar a los bancos terminen de hundir al país. En fin, valer para todo es lo que tiene el haber estudiado antes. Ya se lo digo yo a mis alumnos: que no lo dejen, que, si perseveran, conseguirán títulos y posición, y una vez conseguida la posición ya da lo mismo lo que uno sepa hacer. Vamos, que casi no importa. Fíjese, si no, en el nuevo ministro de Justicia, que después de ser el alcalde más gastón del país entra por la puerta grande en el gobierno de la Austeridad. Claro, una vez que uno ha demostrado que sabe gastar no tiene ningún problema en demostrar que sabe no gastar. Lo importante es saber. Haber estudiado, que es lo que les digo a mis alumnos. Sin embargo, a veces me corrigen y me dicen que no todo es colocarse, que también puede uno dar un braguetazo. Y me ejemplifican su órdago a mi tesis con la inminente promoción a alcaldesa de la concejala de Medio Ambiente de la ciudad más contaminada del Estado. «Aunque se parece, este no es el mismo caso, me explican. Ella está está ahí por ser la mujer de quien es». Yo les acuso de sexistas, de no creer en el la valía «per se» de las mujeres, pero ellos se ríen y me parece que no logro convencerles.
jueves, 15 de diciembre de 2011
El lobby
Publicada el 16 de diciembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Es sabido que Adam Smith desconfiaba de los empresarios más que Marx, o por lo menos lo mismo. El padre del liberalismo estaba preocupado por el bienestar de toda la sociedad y creyó que el camino se encontraba, paradójicamente, en el egoísmo de los individuos y, especialmente, de los empresarios. Son los empresarios los que proporcionan a la sociedad los bienes que necesita movidos por su afán de lucro: los producen porque ese es su medio para enriquecerse. Así, un país será tanto más rico cuantos más empresarios egoístas tenga, lo que explicaría -aunque no lo dice Adams- las paupérrimas cifras macroeconómicas de la España contemporánea del escocés, aquella España dieciochesca que se conformaba con sacar para ir tirando y en donde el trabajo estaba tan mal visto como la peste negra. Pero Smith insiste varias veces en que la sociedad no debe fiarse de sus empresarios. Dice expresamente que si se acepta su intromisión en la política a través, por ejemplo, de un lobby los intereses del consumidor se irían al carajo. Y para Adam Smith estos intereses constituyen «el único fin y propósito de toda la producción». Si los muy liberales Aguirre, Cospedal y Rajoy tuvieran en cuenta a Adam Smith le habrían dicho a Rosell esta semana que se callara y el futuro presidente no se habría reunido con tanta celeridad con empresarios de todo tipo. Claro, que en el nuevo liberalismo lo primoridal parece ser el enriquecimiento del empresario, de la mano del político. Y a los demás, que les den.
jueves, 8 de diciembre de 2011
La apuesta
Publicada el 9 de diciembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
El otro día viajé en el mismo tren que nuestra presidenta y dos personas de su séquito. Me sorprendió que no dejase de rumorearse en todo el convoy que ninguno de los tres había pagado su billete. Seguro -dije a alguien que me instó a traer el asunto a esta columna, con una demagogia impropia de mi categoría- que Su Excelencia conserva el kilométrico que utilizó cuando vino a Cuenca siendo candidata, cuando se dice que tampoco pagó billete alguno, y de todos modos, apostillé, su viaje nos sale más barato que fletar un A8 con madera de roble en el salpicadero. ¡Qué susceptibles nos hemos vuelto todos!, concluí. Fue entonces cuando me contaron, como justificando la desconfianza, que circula por internet un corruptódromo, que es un mapa de España en donde todo aquel que tiene constancia fehaciente de que se ha cometido un delito de corrupción, lo cartografía y lo detalla. Los millones de euros que los políticos y sus yernos han afanado y no piensan devolver no pueden ni contarse, pero son miles. Muchos miles de millones que, si estuvieran en su sitio, quizás hubieran dejado al BCE sin excusa para imponer los sueldos de miseria que le ha impuesto a Rajoy que nos imponga esta Nochebuena. Por otra parte, en fin, circula por la red «Hay alternativas» un libro de catedráticos prestigiosos que nadie publica porque termina con 115 propuestas para cambiar esta ruina de mundo, ninguna de las cuales les viene bien a los que mandan. El libro se reparte gratis (yo mismo se lo envío) y sería bueno echarle un vistazo. Por lo demás, mi cardiólogo y mi psiquiatra apuestan si sufriré antes un infarto o una depresión. Ambos, jugadores caballerosos, me han recomendado dejar de leer la prensa económica. «Si han de joderte no podrás evitarlo, me dicen, pero no tiene sentido que te mueras por tu cuenta antes de que lo hagan.»
jueves, 1 de diciembre de 2011
El forofo
Publicada el 2 de diciembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Para el forofo, la realidad no existe. Lo que los demás llamamos realidad para él no deja de ser un indicio de cómo ocurrieron ciertos hechos, pero solo a la manera en que lo son los datos que se ofrecen en los primeros capítulos de una novela policiaca. Más frecuentemente, la realidad es solo un obstáculo que impide a los que no son seguidores de su equipo comprender las grandes verdades de la vida. Para el forofo, los jugadores rivales son todos aviesos y malintencionados y su portero es el mejor del mundo hasta el momento en el que ficha por otro equipo, circunstancia que se produce justo cuando el portero suplente que lo sustituye estaba en condiciones de tomar el relevo en la cumbre. Al equipo del forofo lo persiguen los árbitros, los dirigentes de las competiciones, el mundo entero que se ha conchavado (inútilmente) para que no gane. El forofo se alimenta del fútbol y alimenta a los futbolistas. Cuantos más forofos tiene un equipo más dinero ganan los jugadores y los entrenadores, que super-viven gracias a la pasión de aquellos. Y también ganan más los periodistas, que contribuyen con un ahínco incomprensible, dado cuál es su oficio, a hacer añicos la realidad, a convertirla en la sombra tenue de una duda. El otro día asistí a una pelotera (que no charla) entre dos forofos y comprendí cómo pueden desencadenarse las guerras fratricidas. Lo que menos entiendo del forofo es que se expone a una pelea o a una angina de pecho por algo que escapa por completo a su control. Si Mourinho es el mejor entrenador del mundo lo es a pesar de los forofos del Madrid, y no gracias a ellos, que hasta el otro día estaban convencidos de que era Pellegrini.
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