jueves, 24 de noviembre de 2011

Uno, dos y tres

Publicada el 25 de noviembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Uno.- Durante tres días, a la prensa de derechas (la prensa es libre de ser de derechas o de izquierdas, no libre a secas) no le llegaba la camisa al cuerpo. El lunes no se cumplió su pronóstico y Zapatero no se llevó con él doscientos puntos de la prima de riesgo. Tampoco el martes y tampoco el miércoles. La economía volvió a las portadas digitales de los periódicos de derechas el jueves, cuando la famosa prima empezó a descender, aunque el descenso no tuvo nada que ver con Rajoy sino con que los alemanes empezaron a pagar su deuda más cara (o nadie les vendía nada) y eso hizo que bajara el precio de las demás. Cabe concluir, pues, que, a pesar de las apariencias, Rajoy no es a la crisis lo que Fairy a la grasa.
Dos.- El ministro europeo de Economía dice que si fuera joven y español se preguntaría por qué tiene muchas menos posibilidades de trabajar que si fuera joven y holandés y lo hace para responderse que en Holanda el despido es gratis aunque oculta que el despido en Alemania es más caro que en España -y le va bien- y que en Bulgaria es tan barato como en Holanda, y le va mal (los datos están en www.finanzas.com). De todo esto cabe deducir que al despido gratis le pasa lo que a Rajoy.
Tres.- Me temo que, quizás por eso, los caminos de Rajoy y del despido gratis se están aproximando, si bien no creo que de su feliz encuentro podamos esperar una mejora de los resultados porque desde que el despido se ha abaratado los parados han aumentado en más de un millón.


jueves, 17 de noviembre de 2011

Lourdes

Publicada el 18 de noviembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
El domingo, buena parte del país acudirá a las urnas como el que va a Lourdes. Postrado en la cama por un mal incurable, cualquier peregrino aceptaría perder la visión de un ojo, el sentido del oído y los dedos gordos de los pies con tal de volver a respirar a pleno pulmón, aunque sea cojeando. La mayoría de los españoles sospecha que con el PP algunas cosas van a ir a peor. Subirá otra vez el IVA, bajará todavía más el despido, los convenios colectivos dejarán de ser colectivos y a lo peor ni convenios, todo el mundo volverá a cuidar de sus enfermos sin esperar ayudas públicas, en los colegios se olvidará que los malos alumnos suelen ser antes pobres y luego malos, y así algunas otras cosas. Pero todo se dará por bueno si vuelve a haber trabajo. Al fin y al cabo, en veinte años de gobierno el PSOE no ha reducido -al contrario- la distancia entre los más ricos y los más pobres, no ha hecho de éste un país productivo y se ha convertido en una burocracia más, tan plagada de mangantes como la derecha. Así que no cuesta tanto dejarle de votar. Por otra parte, ¿y si fuera verdad que quienes los tienen van a invertir sus millones en cuanto gane Rajoy? No es muy probable porque rentúa más apostar contra los países en «los mercados» que montar una empresa, pero en el desierto, a punto de morir de sed, un valle entre las dunas parece un pantano de agua fresca. Dudo que Rajoy crea en serio que su cara de no haber contado un chiste en su vida pueda despertar la confianza de alguien, como dudo que la solución dependa de que alguien confíe en él y como dudo que Rubalcaba hiciera algo diferente de lo hecho hasta ahora. Y, además, no creo en los milagros ni en lo que pasa en Lourdes. Por mi parte, considero llegada a hora de decir que no estamos de acuerdo con todo este tinglado.



jueves, 10 de noviembre de 2011

"Guasapear"

Publicada el 11 de noviembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
No sé si la comunicación entre los jóvenes ha aumentado, pero sí que ha cambiado de dirección. Ahora es siempre hacia abajo. Se ha dado el caso de dos chicos que se han encontrado en la puerta de uno de esos garitos a los que van y en lugar de hablarse cara a cara han emprendido una conversación con sus «blackberrys», una testuz frente a la otra y ambas miradas hacia el suelo. Whatsapps o algo así le llaman. No intente entenderlo ni pronunciarlo, pero ya tiene su verbo: whatsapear (pronuncie, más o menos, guachapear). Conversar de teléfono a teléfono escribiéndose mensajes, naturalmente no muy largos. En la facultad de Sociología de Somosaguas se está estudiando el curioso fenómeno por el que los jóvenes son capaces de emborracharse hasta perder el control sin intercambiar más de dos interjecciones (¿eh?, dice uno; ¡ah!, contesta el otro) pero se vuelven dicharacheros y dicen que hasta políglotas en cuanto tienen un «smartphone» en la mano. Están en marcha al menos dos tesis doctorales en otras tantas facultades de Psicología que pretenden explicar por qué un quinceañero tarda tres meses en aprender el teclado en una academia de mecanografía y diez minutos en un teléfono móvil con un teclado minúsculo. Por supuesto, los empresarios del ramo están a punto de pedir ser declarados zona catastrófica. Estas máquinas se han convertido en herramientas para copiar exámenes, para hablar en clase con el amigo de la clase de al lado si se da el caso (y se da) de que ninguno de los dos profesores se da cuenta, para decirse qué guay está el concierto aunque me duelen un pocos los tímpanos y dentro de poco servirá para meterse mano de forma virtual pero igualmente placentera. Personalmente, observo esto con distancia. Al paso que avanza la tecnología, antes de dos años esta manía será solo un recuerdo y la habrá sustituido otra moda y otro aparato. Solo me preocupa que las compañías telefónicas ya no ganan dinero con los «sms» porque guachapear es gratis y pretenderán que lo que no ganan con los chicos se lo paguemos los demás subiéndonos las tarifas.


jueves, 3 de noviembre de 2011

Pérgamo

Publicada el 4 de noviembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
En el museo berlinés de Pérgamo se ha colocado una estructura anexa que podrá visitarse durante un año. Se trata de un cilindro de veinticinco metros de altura en cuya pared se ha dispuesto un lienzo de cien metros de largo. En él un artista local ha repesentado la ciudad asiática según sería en los tiempos clásicos. Asomado a una terraza fabricada alrededor de un contenedor de barco, el espectador asiste, desde lo alto, a un día en la vida de la ciudad. Como es una pintura, los personajes no se mueven, pero los efectos de luz y sonido transmiten con realismo la idea de que el tiempo está pasando. Esa sensación de que lo que para ti es un minuto de contemplación muelle son dos horas de trabajo duro del campesino te hace sentir como si fueras Dios. El escultor que al fondo talla una obra no sabe cómo le va a quedar pero tú sí, porque la has visto terminada e incluso destruida por el trabajo laborioso de los siglos o el más repentino de las guerras. Desde la atalaya de hierro reutilizado por el espíritu pragmático alemán cualquier turista sin formación ni fe puede sentir que forma parte del Olimpo. Era eso lo que le pasaba al otro día a un tipo con el aspecto de un estibador polaco al que se le había adherido al rostro una sonrisa de condescendencia. Debía de llevar allí desde que abrieron el museo y miraba abstraído hacia el gran altar donde ardía una pira con la que los pergamenos buscaban el favor de los dioses para la próxima batalla con la misma eficacia ahora -en un dibujo sobre el lienzo- que entonces, cuando la supervivencia de la ciudad se confiaba a la fuerza con la que ardían los troncos de las encinas. El estibador había comprendido la grandeza de sentirse divino y, a la vez, la vacuidad de todo empeño humano, así que acababa de perder cualquier motivo para moverse de ahí y había dejado su futuro en manos de los guardias de seguridad, que lo desalojarían a la hora del cierre.