viernes, 25 de junio de 2010

Sombra

Publicada el 25 de junio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Es seguro que, cuando hicieron sus planes para el futuro, los dioses supusieron que los hombres inventaríamos los espejos y que los utilizaríamos no para admitir el paso del tiempo sino para ocultarlo bajo afeites y pócimas. Por eso inventaron la sombra. La disfrazaron con un argumento técnico (la técnica siempre ha dado cobijo a la ideología) y la convirtieron en el resultado de interponer un objeto opaco en la trayectoria de un haz luminoso. Pero eso son solamente apariencias. La sombra es un invento divino pensado para impedir que los hombres nos dejemos llevar por los sueños. La sombra es la distancia que media entre la realidad y la imaginación, la suposición y el deseo y si arranca siempre de nuestros pies es porque es aquello que con más fuerza nos sujeta a la tierra. Cuando usted camina por la calle y se ve reflejado inadvertidamente en un escaparate, encogerá el abdomen para ofrecer en la siguiente cristalera una versión mejor de sí mismo, pero usted sabe que esa es una mejora fugaz y que la sombra le va a recordar en cada pared de la ciudad que no, que a ella no puede hacerle trampas. El otro día pedaleaba sobre mi bicicleta a un ritmo no menor al de Cancelara y estaba satisfecho como nunca de la eficacia de mi musculatura cuando miré sin querer la sombra que arrojaba sobre la cuneta y me di cuenta de que mi cadencia de pedaleo estaba más próxima al cero absoluto que a la fantasía que me habían proporcionado las endorfinas. Así que de inmediato dejé de volar como un atleta de elite y me dediqué a pasear como un aficionado débil y voluntarioso y a pensar en estas cosas tan propias del verano, ahora que las sombras son más oscuras que nunca.



jueves, 17 de junio de 2010

Sin ganas de enfadarme

Publicada el 18 de junio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Hace unas semanas me di una vuelta por alguna comarca de Murcia, la gran enemiga. Me disfracé para ello de madrileño y agradecí que las matrículas de los coches no reflejasen la provincia de procedencia porque eso me permitía cierta impunidad en mis pesquisas. Al llegar a tierra rival paré a tomar un café y leí la prensa local. Me calcé para ello unas gafas de sol por si la mirada delataba mi enfado cuando leyese los insultos a nuestra tierra, y aunque es cierto que leí como si fuera de noche y se hubiese ido la luz creo que los articulistas no se metían con nosotros, los del agua. Pregunté después y alguien me dijo que la ruina de Murcia había sido primero el pesoe y ahora era el pepé, pero los de allí, y después que el secarral sale adelante con la economía sumergida, que inunda pueblos y valles de seis-cilindros de los que son dueños pobres de solemnidad a los ojos de Hacienda. Pegué la hebra en baretos perdidos y no conseguí arrancar una rabieta hacia los pueblos ribereños. Oí que el agua no sobra, pero que las decenas de kilómetros cuadrados de invernaderos abandonados a la maleza que no dejé de ver durante horas lo están porque al precio que se paga el tomate no se puede con los gastos. No pueden ni los pequeños ni los grandes. No me acerqué a las urbanizaciones rodeadas de hectáreas de un césped como el del Bernabéu, aunque vi alguna de lejos, ni a los campos de golf que consumen seis hectómetros cúbicos cada temporada. Lo dejé para otra ocasión. Para cuando tenga ganas de enfadarme.




Carta, señor presidente

Publicada el 11 de junio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Señor presidente: una huelga que se hace a sabiendas de que no se va a conseguir lo que se pide es una huelga testimonial y cuando a las cosas hay que ponerle apellidos es que han dejado de ser lo que designan. Pensemos en un dormitorio testimonial, que será una habitación para echar una cabezadita, como mucho, o en un libro testimonial, que, a lo más, será un panfleto. Además, las huelgas se le hacen al jefe de la empresa y no al encargado, que no tiene la culpa de las condiciones de trabajo ni modo de resolverlas, y la del martes pasado era una queja al encargado, como he sostenido en otras columnas. Ahora bien, presidente, si quieres que te vote cuando llegue el momento, tienes que hacer en adelante algunas cosas propias de un presidente y no solo las de un encargado. Por ejemplo, no darle a las cajas los trece mil millones que piden, para que no parezca que mi pasta irá directamente a ellas; exigir a los bancos que devuelvan los veinte mil que se les ha prestado ya y explicarnos cómo se ha devuelto y a qué interés; subir los impuestos directos al modo andaluz o extremeño; promover leyes para que los especuladores no tengan más poder que los gobiernos; hacer algo para evitar los sueldos inmorales o los ministerios ridículos, o para que las eléctricas no parezcan fuera de toda ley y los partidos agencias de despilfarro, fraude y corrupción... organizar el pais, en fin, de manera que no parezca, presidente, que aquí seguimos privatizando los beneficios y socializando las pérdidas. Para eso nos valen Aznar o Rajoy: al fin y al cabo es eso lo que se espera de ellos.





viernes, 4 de junio de 2010

Flexibilidad

Publicada el 4 de junio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

El cuerpo humano puede hacerse más flexible gracias al entrenamiento (las gimnastas no están rotas, es que han entrenado para parecerlo). En cambio, los objetos no pueden. Una viga de madera no se cerchea más allá de lo que su naturaleza se lo permite. Si hablamos de los conceptos, en fin, yo diría que la flexibilidad no es una cualidad que pueda aplicárseles. Así que el mercado de trabajo (que no sé si es un objeto o un concepto) no puede ser ni más ni menos flexible. Cuando el FMI, la OCDE, la UE, el BM, la CEOE, el MAO (este organismo a lo mejor no existe, pero lo mismo sí) y más gente importante dicen, a pesar de todo, que tiene que serlo, lo que dicen (usted ya lo sabe) es que el despido tiene que ser más barato. Díaz Ferrán apuesta por el colmo de la flexibilidad, que es el despido gratis o el ahí te quedas que aplica como nadie en sus empresas. Zapatero -comedido él-dejará en treinta y tres días por año la indemnización por servicios prestados, cifra que ya existe pero a la que los empresarios renuncian porque prefieren pagar cuarenta y cinco y no se hable más. Creo que con ese cambio los empresarios no van a hacer cola en las oficinas del inem para contratar desempleados y estoy seguro de que a Rajoy le parecerá mucho y poco a la vez. Pero los libros de Historia dicen que cuando el despido era gratis los empresarios tampoco hacían cola: la hacían los obreros, que esperaban a la puerta de las factorías que un compañero reventase para ocupar su puesto.





jueves, 3 de junio de 2010

Kant y los infractores

Publicada el 28 de mayo de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Dice Fernando Savater que la razón busca opiniones con más carga de realidad que otras. No hace falta ser Fernando Savater para decir esto, pero es importante recurrir a las autoridades para cimentar el discurso. Para empezar llevando razón, vaya, igual que cuando en el bar se habla de fútbol se cita a Del Bosque y no al Tato. Tráfico lleva este proceder a su máximo exponente y ha ideado un mecanismo para que solo los muy atrevidos se atrevan a discutir la razón de la autoridad. De ahora en adelante usted puede estar seguro de haber hecho el stop y puede que el guardia que lo vigilaba desde el otro lado del matorral considere que las ruedas paradas, paradas, lo que se dice paradas del todo, no estaban. Nadie ha corrido peligro, como el propio guardia admite, pero usted parado, parado, lo que se dice parado, no estaba, así que tiene que ayudar a reducir el déficit y pagar el sueldo -sin quita- de los funcionarios eventuales que son los seleccionados por Del Bosque (cito de nuevo a la autoridad) con, digamos, trescientos euros. La discusión entre usted y el Estado se convierte en una suerte de ordalía, ya que para que el Estado admita su inocencia usted debe arriesgarse a perder otros trescientos euros más, igual que en los juicios de Dios el inocente se arriesgaba a no morir a cambio de abrasarse las manos hasta dejarlas inservibles. Así, el jefe de Tráfico nos obliga a ser kantianos a todos y hace que supeditemos la razón pura a la razón práctica; o sea, que pagaremos la multa no porque sea nuestro deber como infractores (la conciencia moral) sino porque nos convendrá para no pagar el doble aunque no lo seamos (imperativo hipotético).