Todo empezó cuando, sin querer, vi cómo unas sombras se escapaban escaleras abajo. Estaba yo canturreando mientras limpiaba el dormitorio que da al patio interior de mi bloque y un vago presentimiento me hizo asomarse por la ventana. Entonces fue cuando vi eso, la sombra de alguien que corría hacia el piso inferior, quizás escapando de mi mirada. Desde entonces no me ha abandonado la sensación de que alguien me observa. Lo presiento cuando me afeito y, para espantar el desasosiego, canto las quinientas noches de Sabina a voz en cuello. Cuando, por las noches, me siento en el borde de la cama de mi pequeño y le susurro una nana de Rosa León para dormirlo. Cuando he convocado a mi inspiración entonando «La chica de ayer» que carraspeaba Antonio Vega... Hasta esta mañana, en que todo ha cambiado. Me he levantado de un humor magnífico y he bajado al garaje porque tenía comprometido un viaje desde hacía tiempo. Iba feliz y he utilizado el ambiente de teatro que me proporciona el garaje para remedar con mis labios el saxofón de Chet Baker en «That old feeling». Ha sido entonces cuando, desde detrás de una columna, ha salido él, un hombre bajito, de aspecto vulgar y cubierto con una gabardina. «Soy de la SGAE», me ha dicho y se ha acreditado con una cartulina plastificada, y entonces lo he comprendido todo. Aunque le he explicado que Baker nunca fue de la SGAE, ha sacado una libreta y me ha relatado todos mis pasados crímenes. Así que he tenido que llegar a un acuerdo y la verdad es que ahora me siento muy tranquilo, como si me hubiese quitado un gran peso de encima. A partir de hoy, por seis euros al mes podré cantar lo que quiera delante de quien quiera.
viernes, 27 de noviembre de 2009
El hombre de la gabardina
Publicada el 27 de noviembre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
viernes, 20 de noviembre de 2009
Costumbrismo
Publicada el 20 de noviembre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
"Muérdeme, márcame, me gustaría que todos lo supieran.» Eso es lo que le pide la joven y recién casada Marthe Grangier a su aún más joven amante, protagonistas los dos de El diablo en el cuerpo, del también jovencísimo escritor Raymond Radiguet. La demanda de la señora Grangier responde al febril empeño de su compañero por morderle, nos dice, en todas las partes de su piel que no quedan ocultas bajo el vestido. La acción transcurre durante la Primera Guerra Mundial, hace ya casi cien años, y nos pone al corriente de una banalidad como es el mantenimiento en el tiempo de ciertas costumbres amatorias. Sin embargo, lo que quiero subrayar es el alcance del cambio social que se está produciendo. No descarto que mis conclusiones sean falsas porque se basan en la observación casual y no en la medición sistemática, pero yo diría que en estos días son muchos más numerosos los varones que suplican a sus compañeras que los marquen que a la inversa. No hay más que ver cómo las calles, los bares, los centros educativos o las canchas deportivas están pobladas por esta yo diría nueva especie de varón que es el «varón marcado»: un tipo que luce sin complejos las dentelladas y succiones de su pareja, bien parecidas por su apariencia y colocación a las de los vampiros de toda laya. Que el varón pida ser marcado presupone la inversa (o sea, que la chica desea mostrar los límites del territorio que le pertenece) y esto abre un interesante campo de estudio a la etología humana. Ellos, los «varones marcado» no lo saben, pero cuando piden o permiten ser lacerados quizás estén dando un paso más hacia la desaparición del macho dominante.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Museos
Publicada el 13 de noviembre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Desde que acudir a las exposiciones de moda se ha convertido en un signo de distinción, ir al museo es una experiencia tan inútil como leer un libro lleno de bellas ilustraciones si lo que uno quiere es enamorarse de una obra de arte, con la diferencia, a favor del libro, de que en el museo ni siquiera se aprenderán cosas sobre los cuadros. Las direcciones de los museos han decidido hacer entrar al público por tandas sin que se sepa muy bien por qué, salvo que quieran demostrar que las personas que se reclaman ilustradas son más dóciles que otros colectivos y por lo tanto se les puede tratar como ovejas con extrema facilidad. Cuando se abre la puerta, decenas de aspirantes a quedarse epatados ante, digamos, Sorolla, entran a la vez y a la vez se dirigen al primer cuadro y luego al segundo y luego al otro y al otro. Cada cuadro es mitad la obra de arte que los expertos dicen ser, mitad las cabezas de los que han llegado antes, y si llegas el primero y quieres seguir siéndolo has de acercarte tanto que más que espectador pareces perito de falsificaciones. Inútil querer acercarse a la información que se ha dispuesto junto al cuadro salvo que no se quiera recuperar el lugar del que se ha salido. Inútil también dejar pasar al último de tu tanda porque de inmediato te verás agobiado por la tanda siguiente, una nueva horda de ilustrados sobre los campos cataláunicos en que se convierte el espacio museístico. Imposible dedicarle más de un minuto al trabajo en el que un gran tipo invirtió semanas o meses. Se trata de sumar visitantes, no degustadores del arte. Mejorar estadísticas y no el gusto estético de los ciudadanos. Así las cosas, mejor quedarse en casa o comparse el libro.
sábado, 7 de noviembre de 2009
De patos y agricultores
Publicada el 6 de noviembre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Hace veinticinco años se disputaba en la comarca de Daimiel sobre los derechos de los patos y de los agricultores. A los agricultores les parecía que la administración protegía mucho a las Tablas y los ecologistas opinaban que el sector agrario, muy poderoso, torcía a su favor la voluntad del gobierno. El consejero Carrasco templaba gaitas de puertas para afuera y decía que el futuro era de los dos (sin patos no habría agricultores y sin agricultores no habría patos) mientras los regadíos, a veces para alimentar a especies vegetales realmente exóticas, no dejaban de aumentar y el suelo de la comarca se parecía cada vez más a un colador. A fecha de hoy hay que admitir que los ecologistas llevaban razón y que las Tablas han dejado de existir. Cualquier aportación de agua que se envíe sólo servirá para prolongar un poco la agonía, pero desapaecerán como desaparecieron los Ojos del Guadiana, que no se mencionan en ningún libro de texto que se precie de estar actualizado... desde hace más de una década. Sería bueno que se recordaran las palabras del consejero Carrasco por si acaso él también llevaba razón y una vez que han desaparecido los patos, la siguiente especie en extinción sea la de los agricultores. No sé si, en el caso probable de que se dé tal amenaza, el gobierno que haya entonces tendrá el don bíblico de sacar agua de las piedras o de la arcilla. De momento, ni el gobierno central ni el autonómico han sabido estar a la altura de las circunstancias.
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